RECORDANDO A UN GRAN ESCULTOR COLOMBIANO A SUS 59 AÑOS DE MUERTO EL MAESTRO JOSÉ HORACIO BETANCUR BETANCUR

A SUS 59 AÑOS DE MUERTO HOY 10 DE NOVIEMBRE DE 2016 QUIERO HACER UN RECONOCIMIENTO A ESTE GRAN MAESTRO  ESCULTOR CREADOR DE LA ESCULTURA MONUMENTAL NO OFICIAL DE ANTIOQUIA

CON UN ESCRITO DE  León Zafir, cedido para El Colombiano Literario , Domingo 24 de noviembre de 1957. con motivo de su  muerte acaecida el 10 de noviembre del mismo mes

Titulado

José Horacio Betancur y la Casa de la Cultura

alli se narra la historia de la trayectoria escultorica de José Horacio y el nacimiento de la Casa de la Cultura de Medellin hoy facultad de Artes de la Universidad de Antioquia.

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José Horacio Betancur y la Casa de la Cultura

Por León Zafir, cedido para El Colombiano Literario , Domingo 24 de noviembre de 1957.

 

…” De irrevocable extracción obrera y campesina, como que su padre, labriego ocasional, ejercía en la época del advenimiento de José Horacio, con suma honradez y modestia el honesto oficio de carpintero, desde su infancia el artista de que se viene en trato se sintió atraído por las aficiones obreras de su progenitor, y tras de haber cursado estudios elementales en la única escuela de varones que existía en el poblacho, abrazó con bríos singulares el oficio de la garlopa y el serrucho, del martillo y el escoplo, alistándose desde entonces en el escuadrón de los obreros universales, toda vez que el oficio de características artesanas es cogido por el rústico mocetón para iniciarse en las lides del trabajo, es el mismo que le asigna la Historia Sagrada al Carpintero de Nazaret.

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A fuerza de estudio, en lucha abierta contra los vientos de la incomprensión, logró acopiar una envidiable cultura artística, y en posesión de sus vastos conocimientos y de sus ideas voluntarias, después de haberle jurado con el pensamiento fidelidad a la patria chica, enderezó resueltamente sus pasos hacia esta capital.

 

En calidad de obrero común trabajó durante algún tiempo en un taller de ebanistería, calladamente, con el pensamiento fijo en los estudios de escultura y dibujo que adelantaba por las noches en la escuela de Bellas Artes, en donde él mismo se había matriculado. Más tarde, siempre bajo el influjo de sus sueños de liberación de los yugos patronales, fundó su propio taller en un local amplío del barrio alto de Buenos Aires, que distinguió con el nombre legendario de “Taller Luis XV ”. Realizó a la sombra de su casa espiritual una copiosa obra de talla en madera, de tan audaces y originales concepciones, que hubo de sorprender y maravillar a los críticos del arte magnífico, hasta el punto que, no resultara aventurado ni fuera de la realidad, asegurar que con aquellas sus primeras obras clásicas de talla en madera, José Horacio Betancur se incrustó de un solo golpe en el historial artístico – escultural de la montaña y de Colombia.

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No cejaron aquí sus empeños de superación en las artes plásticas, y con una docena de Discípulos de buena voluntad que logró recoger abrió una escuela para enseñarles, maestro generoso, a dominar con arte y elevación de espíritu el barro, el yeso, el concreto y el bronce, cuatro elementos simples y duros que al conjuro de sus sabias manos de artista genial, solían ablandarse, adquirir formas, simular movimientos y expresiones elocuentes, y hasta llegaban a tornarse dóciles y tersos como las lunas de cristal.

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Entregado por entero a la escultura, modeló en madera, yeso, bronce y granito, monumentos de vigorosa concepción, y en barro plasmó una frondosa colección de cerámica que causó una verdadera revolución artística por la originalidad y maestría con que supo captar los más complejos motivos autóctonos de Antioquia, de Colombia y de América. Mas llegó un día en que el dueño del local en donde Betancur estaba consiguiendo a duras penas el pan escaso para su familia, (ya se había casado con doña Enriqueta Tamayo, digna compañera de sus luchas), pero sí mucha gloria para la patria, hubo de reclamarle su propiedad, protestando, sin ruborizarse el imbécil, que se quejaban los vecinos por el hecho “escandaloso” de que en el taller se hallaban exhibidas algunas estatuas de mujeres desnudas… y aquí empezó el viacrucis artístico de José Horacio.

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Posteriormente consiguió que le cedieran, para continuar sus clases, el patio interior de un local público con oficinas al frente, pero tal concesión no le duro mucho tiempo debido a que el jefe de las oficinas mencionadas, un tonto malicioso que ni siquiera es antioqueño, conceptuó en su ignorancia ilimitada que era supremamente inconveniente para el buen nombre de la administración pública, que José Horacio estuviera escandalizando a la ciudad con la exposición de estatuas ligeras de ropas, modeladas en el patio interior de un edificio de propiedad del gobierno.

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Fue entonces cuando el varón de toda varonía que lo era José Horacio Betancur Betancur, digno ejemplar de la raza brava que no se doblega ni trepida, herido en lo más hondo de su sensibilidad artística, retraído como las fieras circenses nostálgicas de selvas, en señal de protesta desdeñosa, a la cabeza de treinta estudiantes de ambos sexos que era el número total de sus Discípulos, se lanzó a la calle como un tigre escapado de un jardín zoológico, sereno y frío al parecer, pero ardiendo por dentro como los volcanes en vísperas de estallar. En completo orden recorrieron algunas calles, sin lanzar un grito ni arrojar una piedra de las que llevaban consigo como elementos de trabajo, hasta desembocar en la Plazuela Nutibara, en términos modernos Plaza de las Américas, en donde, esgrimiendo afanosamente sus instrumentos de trabajo, maestro y Discípulos se pusieron a trabajar al aire libre, bajo la luz de un sol atardecido, y en presencia de altos empleados del gobierno que los observaban curiosos desde los miradores de la secretaría de educación.

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Esta hazaña típica y original fue repetida por varias ocasiones en parques y plazas de esta localidad, con la aceptación total del público que aplaudía admirando al maestro y a los artistas en embrión, hasta el día en que una entidad cívica que por aquel entonces gobernaba a la Villa de la Candelaria como a un feudo propio, hizo que José Horacio y sus optimistas discípulos abandonaran sus propósitos de continuar trabajando al aire libre en los parques públicos, porque, decían los incautos, con las aglomeraciones que provocaban obstaculizaban el tráfico, fuera de que pisaban la grama y despetalaban las flores.

Acosado por la insensatez y mala voluntad de sus conciudadanos, Betancur, seguro de su personalidad, confiado en la bondad de su obra y firme en sus propósitos de lucha hasta triunfar o morir, fue a recluirse en la serena paz de su hogar, y se dedicó a la talla de obras en madera y a la elaboración de figuras y objetos de barro para ver de ganarse la subsistencia.

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Corría el año de 1953, y era el mes de febrero, cuando a los doctores Antonio Osorio Isaza y Jorge Montoya Toro, Director de Educación Departamental, el primero, y jefe de la Extensión Cultural del Municipio de Medellín, el segundo, se les ocurrió la feliz idea de fundar en esta ciudad un Instituto de Enseñanza que se denominaría “Casa de la Cultura”, el cual funcionaría por cuenta de ambas entidades oficiales, con un director y los profesores que se requirieran para su desarrollo cultural efectivo, que fuera la enseñanza gratuita para el pueblo, de las artes de más fácil aprendizaje, tales como la música de cuerdas, el canto, el dibujo, la escultura, etcétera. Aprobada la idea y puesta en práctica en cuestión de días, hasta el retiro hogareño de José Horacio Betancur fueron a llamarlo para desagraviarlo en parte poniéndolo al frente de los estudiantes de escultura en la “Casa de la Cultura” que acaba de abrirse. El artista aceptó complacido y desde entonces recomenzó una vida de mayor agitación, de trabajo más intenso, logrando dar a la cultura escultórica americana más de cuatro obras monumentales de extraordinaria concepción original, muy vigorosas y ceñidas con caracteres casi reales a las leyendas brujas de la mitología de Colombia y América. “…

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…” Esto en cuanto las obras de mayor visibilidad por el tamaño de tales monumentos, porque en cerámicas y obras de talla de estatura menor, José Horacio dejó adelantada obra suficiente para colmar mucho más de un museo.

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Sin embargo, a José Horacio no lo abandonó jamás la sombra de la incomprensión ambiental, y por eso, él que confiaba en sí mismo; que era desdeñoso y altivo, nunca llegó a sentirse plenamente tranquilo y confiado entre sus conciudadanos; se sentía oprimido por lo pesado del ambiente y asechado por las miradas egoístas de los moralistas que ignoran o fingen ignorar maliciosamente la belleza puramente espiritual de un desnudo en el arte. Por eso, en más de una ocasión estuvo a punto de expatriarse hacia México, tierra bravía, libre y generosa. “…

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