Recordando al Escultor José Horacio Betancur B. hoy 10 de noviembre a sus 58 años de muerto.

Evocación de un Escultor

A los seis y a los veinte años de su muerte se hizo una evocación del escultor con sendas exposiciones de su obra en el Museo de Zea 1963 y en la Biblioteca Pública Piloto 1977 , allí algunos de sus amigos hicieron una semblanza que bien vale la pena conocer

 

 

Hoy a sus 58 años de muerto quiero recordarlo con el escrito de uno de sus amigos más cercano El Poeta Carlos Castro Saavedra

 

 

 

Una Elegía

El Colombiano Literario, Domingo 24 de noviembre de 1957

 

 

Adios José Horacio

 

Por Carlos Castro Saavedra

( En la muerte del escultor José Horacio Betancur )

10 de noviembre de 1957

 

De par en par abierta

por un golpe de plomo y mala suerte,

tu cabeza desierta

en raíces y en hojas se convierte.

 

Yo quiero que te quedes,

pero tú te despeñas por la herida

y a duras penas puedes

esculpir en el polvo tu partida.

 

 

Escultor, pero ciego,

ciego bajo la tierra y sin martillos,

dilapidas tu fuego

en medio de cartuchos amarillos.

 

Parece que es un sueño,

pero es verdad que vuelas y te alejas

y que en vano me empeño

en retener las alas de tus cejas.

 

Labrador ya no eres

de piedras duras y maderas bellas,

labrador de mujeres

elementales como las estrellas.

 

Eres puro trasmundo

y si algo brilla en tus alrededores,

es mi llanto profundo

que te busca entre zarzas y entre flores.

 

Te recuerdo a pedazos,

pues participo de tus destrucciones,

y no alcanzan mis brazos

a juntar tus escombros y terrones.

En un buque muy serio

tu corazón naufraga sin testigos,

y en torno al cementerio

esperamos el turno tus amigos.

 

 

Nada podemos, nada

contra la muerte y sus tenaces besos,

que gastan la mirada

y derrumban la estatua de los huesos.

 

Me queda la esperanza

de que puedas oirme desde el suelo,

y de que mi labranza

convierta en pan la sombra de tu pelo.

 

Siento que te hayas ido

sin anunciar, en medio de amapolas

y que no hayas podido

despedirte del mar y de las olas.

 

Me gusta, sin embargo,

pensar que viajas por la tierra entera,

a cumplir el encargo

de esculpir una patria verdadera.

 

 

 

 

 

 

 

EVOCACION DE UN ESCULTOR

Por Carlos Castro Saavedra Medellín, Octubre 1963

 

El escultor José Horacio Betancur ya empieza a convertirse en una piedra, a incorporarse a las rocas que el tiempo va amenazando bajo la tierra. Los que lo conocimos, lo admiramos y lo quisimos de verdad, desde el momento en que decidió marcharse para siempre, sentimos viva su muerte, sentimos tibia su frente helada, sentimos que no estaba quieto bajo el polvo (con las manos cruzadas sobre el pecho) sino en plena actividad, desgarrando el misterio, golpeando las raíces para darles forma de serpiente, exigiéndole a la tumba un espacio más grande y alimentando los minerales con su propia sustancia desatada. Fue tan vital José Horacio, tan intrépido, tan ardiente, que a uno le cuesta dificultad aceptar que está en reposo y que sus herramientas de trabajo esperan en vano su regreso.

 

A principios del próximo mes de noviembre, y como un homenaje a su memoria, se va a exponer en Medellín buena parte de su obra y en esta forma sus amigos y el público en general vamos a tener la oportunidad de recobrarlo físicamente, porque la verdad es que su obra es él, es su sangre y su rostro, su gesto característico (el del luchador que no se daba tregua en la lucha) y su sonido de minero y domador de piedras duras.

 

José Horacio Betancur vivió a prisa y caudalosamente, como si hubiera sabido, desde la cuna, que contaba con poco tiempo para realizar sus proyectos, para hacer su vida, para dejar en la madera y en el barro, en el hierro y el bronce, una huella profunda, casi una dentellada clamorosa. Trabajaba con furia, con amor y con furia, y las copas que salían de sus manos eran gigantescas, lo mismo que sus figuras mitológicas y sus hogueras revolucionarias. Como ninguno otro de sus compañeros de generación reflejó a su país en formación, a su país de tentativas y derrotas, a su Colombia infantil y dramática, llena de posibilidades y a la vez de caminos cerrados. El mismo, José Horacio, fue un niño tormentoso. Víctima de su propio temperamento, espejo de una patria en desorden, que poco o nada ha hecho por sus artistas y sus valores espirituales.

 

Aunque no cayó en una emboscada tendida por la violencia que hemos padecido todos en los últimos años, en una u otra forma, José Horacio fue alcanzado por el infortunio nacional. La tempestad sopló sobre su cara y apagó el fuego de sus ojos. La tempestad que no ha acabado de pasar y de herir cedros y escultores. El sentimiento de desintegración que a menudo nos asalta y nos acongoja a unos y a otros, fue el que se apoderó de José Horacio en los últimos meses de su vida, aunque él no se hubiera dado exacta cuenta de ello, y lo fue doblando y haciéndole perder el equilibrio, en una especie de batalla final, de batalla consigo mismo y su sentido dramático de la vida.

 

No perteneció a fracciones políticas de ninguna índole, pero fue fiel a su barro humano, a la arcilla popular de que estaba hecho. No se dejó atar por los convencionalismos y los halagos cortesanos, no labró sus piedras con timidez, para no estropear la siesta de los reyes, ni compartió las injusticias de los injustos ni las debilidades de los débiles. Su rebeldía se manifestó en todos sus actos. Aun en aquellos que parecen estar condenados a los desenlaces anodinos por la cotidianidad y la costumbre. La suya fue una personalidad combativa, valiente, indomeñable, pero en su corazón había espacio para la ternura, la amistad y los pájaros que se fatigan de volar y buscan un refugio en el pecho del hombre.

 

José Horacio fue hijo de las montañas, hermano de los ríos y partidario de los bosques y de los animales que los habitan. Fue elemental, fue tierra que esculpía, tierra que empuñaba un cincel y lo golpeaba volcánicamente. Me parece que estoy viéndolo en su taller, con su cara vidriada por el sudor, con su pelo desbordado sobre la frente, con su clamor y sus músculos crecidos, como si estuviera tallándose a sí mismo, dándose forma de escultura viva y monumento palpitante. Le sobró fuerza. Le faltó un poco de sobriedad, de medida y de ritmo, porque lo cierto es que el solo vigor no produce la conquista del mundo artístico, pero su desbordamiento no siempre se quedó en mitad del camino. Dejó obras hermosas, verdaderos testimonios de su pasión y su tormenta, que conmueven y reconcilian con la belleza y con la vida.

 

Con la muerte de José Horacio Betancur, acaecida hace ya varios años, murió un poco mi generación. Cuando partió él, sentimos todos sus compañeros un vacío en el alma, un vacío que seguimos sintiendo, y que no logramos llenar, ni siquiera en parte, con nuestra devoción a su memoria. La vida de José Horacio era también la nuestra, se confundía con nuestra sangre y compartía con ella su salud, sus sueños y su calor humano. Mañana será piedra, peñasco, cordillera – en forma ya definitiva – y los escultores del futuro sacarán de su pecho un mundo nuevo y limpio.

 Aplanchador:Bronce Cacique Nutibara13 El dolor 6 estudio 3 extasis Familia Antioqueña: detalle Familia Antioqueña:Carton:1 Familia Antioqueña:detalle5 José Horacio y la Bachue. La madremonte en el Cerro Nutibara La minera3 yJHBB Minera piedra mineria Antigua y moderna y JHBB Opresion:1947 Placido Vélez 3

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