Negret, celebración del canto y el silencio

“Le debo haber iniciado en mí
un placer que me había negado:
la admiración por otro ser humano”.

(Camus a Char)

Por Samuel Vásquez

Negret ya cantó su canto.

Su voz es poderosa y su canción poesía.

No ha habido canto como éste que mezcle hondura y alegría en una misma voz.

En la fuente de su canto no abrevará la muerte.

Es este mismo brujo quien ha celebrado el sol para nosotros, y nos ha donado su luz lechosa que ilumina esta alba que no amanece, nuestro ya largo eclipse.

Ya creó sus trajes metálicos y el viento se dejó vestir, contento.

Ya soñó su sueño y nos hizo partícipes de él.

Ya nos regaló su magistral lección de independencia, elegancia y generosidad.

Hace unos años concluyó su obra. Su obra que “necesitaría cien años más para decir lo que necesitaba decir”.

“Unos decían que era un loco. Otros decían que era un genio. Y yo era un escultor” (Negret).

El silencio de sus manos me aturde.

El silencio de críticos y curadores post (que llegaron tarde al arte), entretenidos en demostrar que el ingenio de las variables es más importante que la aventura abisal de la creación, ofende. Su empeño en poner el divertimento al uso por encima del arte como expresión que manifiesta el encuentro ético, insulta la inteligencia. Ocupados en probar que ponerle la C de Cocacola a la palabra Colombia es un acontecimiento fundamental del arte, más necesario y significativo que la obra de artistas como Negret, Carlos Rojas, Doris Salcedo o José Antonio Suárez…

Pero ya los artistas han hablado. En cuántas y esclarecedoras conversaciones con Carlos Rojas me repetía la importancia de Negret en Latinoamérica y el ejemplo e inspiración que siempre fueron para él su obra y su actitud. Ramírez-Villamizar decía en una entrevista: “Cuando conocí a Negret, estaba enriquecido por esos dos años de experiencia con Oteiza, y todos esos conocimientos me los transmitió a mí, a su vez enriquecidos y elaborados por él. Ese encuentro fue importantísimo para mí y siempre lo consideré una de las cosas más maravillosas que me han pasado en la vida. Es el artista más original y más importante que ha existido en toda la historia del arte colombiano”. Jesús Soto y Sérgio de Camargo siempre reconocieron en Negret al gran plástico de Latinoamérica. El escultor vasco Jorge de Oteiza, uno de los más imaginativos teóricos del arte, ha dicho que “Negret es el más importante de los escultores en Latinoamérica y uno de los más grandes de la escultura contemporánea”. Y críticos de afuera también han hablado: Juan Acha dice, “Sin lugar a dudas, Negret ha gestado una de las obras más importantes del arte Latinoamericano y de las más actuales y bellas de la escultura mundial”; Damián Bayón, “Edgar Negret es uno de los principales escultores de este tiempo. Que se trate de uno de los nuestros, no puede dejar de llenarnos de legítimo orgullo”; y Marta Traba, “es, no solamente el mejor escultor de Colombia, sino el mejor de América Latina y una de las grandes figuras de la escultura mundial”. Y es que al revisar su obra y encontrar que entre sus navegantes, puentes, edificios, metamorfosis, vigilantes, escaleras, cascadas, andes, quipús, máscaras, lunas y otras, hay más de treinta obras maestras, nos indica que, sin duda, estamos ante un artista genial. Su escultura es inaugural (“poesía es un alma inaugurando una forma”) (Jouve): suprime antecedentes y comparaciones y, a la vez, es un puente con la cultura occidental: “Cada arte al profundizarse se cierra en sí y se separa. Pero este arte se compara con las demás artes y la identidad de sus tendencias profundas la devuelve a la unidad” (Kandinsky). El mismo Chillida, después de hablar sobre sus Peines del Viento, sus Homenajes a la Tolerancia y su retiro obligado de la portería titular de la Real Sociedad por una lesión en la rodilla, me decía, “el más importante e imaginativo escultor latinoamericano es Negret”.

Así como reconocemos en Matta, Lam, Tamayo, Reverón y Torres-García los pilares de la pintura moderna en Latinoamérica, hay que señalar a Negret, Goeritz, Soto, Clark y Fonseca, como las piedras angulares de la escultura entre nosotros. Sin duda, Negret es para América Latina lo que Anthony Caro y Eduardo Chillida son para Europa. Y es precisamente un estudio comparado de la evolución de la escultura de Negret con sus contemporáneos europeos el que nos revela de manera nítida su vitalidad, significación y pertenencia:

-Primera escultura abstracta: Negret 1950, Chillida 1951, Caro 1960.

-Primera escultura en metal: Negret 1949, Chillida 1951, Caro 1960.

-Primera escultura policromada: Negret 1956, Caro 1960.

-Primera escultura sin pedestal, puesta en el piso: Negret 1963, Caro 1960.

-Primera exposición individual: Negret 1943, Chillida 1954, Caro 1956.

-Premio de escultura en la Bienal de Venecia: Negret 1968, Chillida 1958.

Sólo que allá los escritores, los filósofos, las universidades, los directores de bienales, museos y encuentros, la empresa privada y hasta los grises funcionarios públicos han estado atentos a reconocer, estudiar, cuidar, divulgar y adquirir sus obras, mientras acá nuestros burócratas culturales y curadores están conmocionados con el portentoso concepto que hay detrás de la C de Cocacola y, en un indisimulable tráfico de influencias, gastan una enorme cantidad de dinero en obras y eventos carentes de sentido que son un ignorante agravio para la misma gente del arte en un país pobre como el nuestro. “La verdad no se opone al error, sino a las falsas apariencias”, nos dice Foucault. ¿No es una obligación de quienes detentan el poder económico, político y cultural haber adquirido desde hace mucho tiempo una serie suficiente y coherente de esculturas de Negret para que la gente del común pueda conocerlas, sentirlas, estudiarlas y, de paso, haberle dado así el reconocimiento y la compañía que tanto le han hecho falta? ¿No es una obligación insoslayable de quienes detentan el poder económico, político y cultural no permitir que su enseñanza ejemplar se diluya?

Pero su lección no ha sido sólo poética. Ha sido, sobre todo, humana, ética. “Ya no es sólo búsqueda estética, sino también, encuentro ético. (…) Sólo el gran arte es ético. Surge desde su origen como una necesidad expresiva. Y su fuente —la fuente de la que se nutre— no es lo exterior sino lo entrañable. No lo extranjero sino lo íntimo. Surge del ser y se afirma creando su propio terreno y fundando su propia verdad” (Montaña sobre Negret). Sus raíces, profundas y vivas, no proyectan sombras. Y como un ser verdaderamente ético, el hombre y el escultor caminan abrazados por el mismo sendero. Por ello el refinamiento, la alegría, la ausencia de nostalgia, son las mismas en obra y hombre. La belleza de la obra es la misma del alma del hombre. Entonces, sin reato alguno, amamos la belleza porque “la reconocemos como lo que verdaderamente es, no la diosa anémica de las academias sino la amiga, la amante, la compañera de nuestros días” (Camus).

Fuente:

Vásquez, Samuel. El abrazo de la mirada / Negret o la imaquinación, Premio de Ensayo Ciudad de Medellín, Fondo Editorial Ateneo Porfirio Barba Jacob, Medellín, septiembre de 2007.

 

Fuente “http://www.otraparte.org/actividades/arte/abrazo-mirada.html

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